Juan José Delaney

Escritor argentino contemporáneo

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 Papeles del desierto    Tréboles del Sur (Edición definitiva)
     Moira Sullivan     Marco Denevi
  Memoria de Theophilus Flynn 


Sobre sus primeros cuentos
(Revista Gente, Buenos Aires, 19 de septiembre de 1974, pág. 33).

Es el principio de una carrera literaria. Son cuentos que siendo fantásticos no son arbitrarios: Han sido inventados de una manera sincera. Poe dijo que todo cuento debe escribirse en vista de la última línea. No creo que esto sea totalmente cierto, porque no se puede hacer un cuento pensando sólo en el fin.  Estos cuentos de Delaney tienen principio, medio y fin: son interesantes desde el principio hasta el final. Esto es bueno. Me parecen sinceramente imaginados, y mejor imaginados que escritos. No fueron escritos por Groussac, pero después de todo es mas importante imaginar que ejecutar, no?. Lo felicito a este chico: tiene el deber de seguir.

Jorge Luis Borges


Sociedad Argentina de Escritores. Buenos Aires, abril de 1978.

Poder de síntesis y cuidado formal: dos condiciones nada comunes en la literatura, y menos aún en la de los jóvenes. La natural ansiedad de los pocos años hace que éstos, generalmente, se limitan a volcar sentimientos o experiencias en palabras, olvidando que todo mensaje artístico exige artesanía y que el lenguaje tan usado, tan manoseado, tan gastado, exige una especialísima elaboración.

Juan José Delaney, que es muy joven, debe ser una de las excepciones que confirman la regla.  Conciencia de la propia nada y conciencia de la propia soledad: estas son las otras dos condiciones -no sé si la palabra "condiciones" es la más adecuada-, que subyacen en la narrativa de Delaney, y afloran incluso cuando sus personajes son personajes que ya han aparecido en la literatura, como Martín Fierro y Don Segundo Sombra; o que le pertenecen a ella como Godot; o que contribuyeron al mito como Alfonsina Storni. Es que también los personajes y los escritores mismos son carne de palabras, y Delaney lo sabe.     

Eduardo Gudiño Kieffer


 

Sobre PAPELES DEL DESIERTO

Persuadido de que el argumento es esencial y que las oscuridades son necedades de moda, Juan José Delaney compagina sus ficciones con genuinas herramientas literarias. Empieza a contar hasta diez antes de ponerse a urdir historias, desarrollarlas y ajustarlas. Dispone así del espacio suficiente para amenguar emociones y organizar congruentemente sus veintidós textos, en su mayoría breves y despojados de bordados lingüísticos. El conjunto resulta parejo en la calidad de su prosa y en una dinámica que evita empastamientos, con resquicios para que cuestiones como la soledad, el tiempo y la muerte, estén presentes a través de la trama y los personajes. Ejemplo cabal lo constituye Mujeres al Sur que alcanza la intensidad anhelada por cualquier escritor. También el relato que da título al volumen, con una idea original difícil de tornar creíble pero que concreta sin falsificaciones, al igual que El pasado, Pianola y La condenada, audaces en su concepción y perturbadores en sus propuestas, apoyados siempre en sólidos andamiajes racionales. El autor se afirma con esta obra en un camino que emprendió en 1974 (...).   

Enrique Sureda
Diario El Día (La Plata), 23 de febrero de 1992


Leer Tréboles del Sur

 

Sobre TREBOLES DEL SUR

Pulcritud e inteligencia caracterizan, ya desde sus comienzos, la prosa de Juan José Delaney, Tréboles del sur confirma la precedente información. Los quince relatos que componen este libro, no idénticos en extensión e intensidad, poseen un denominador común no demasiado frecuente tratándose de un libro de cuentos. Delaney ha escuchado esta vez las voces de su estirpe para evocar a representantes atípicos del pueblo de Irlanda quienes, por motivos muy variados han decidido, ficción mediante, arraigar en la Argentina, en un lapso que va desde el último tercio del siglo anterior hasta los días presentes. Pero, se sabe, todos los irlandeses son atípicos.

Mediante los recursos de una narrativa clara, refinada, atravesada muchas veces por el humor, los destinos de sus diversos personajes, acechados por el misterio que es la vida, se entreabren con discreción y algún guiño del mejor Borges. Y si la lectura es disfrute y no tormento, según parece reclamar algún rincón de la crítica actual, recomendamos esta bocanada de aire fresco que sopla de estos nuevos cuentos de Juan José Delaney.

Rodolfo Modern  


Leer Moira Sullivan

 

Sobre MOIRA SULLIVAN

A propósito de la reciente publicación de Moira Sullivan, una novela de J.J. Delaney.

Después de cuatro libros de cuentos creíamos que la vocación de Juan José Delaney era de cuentista, pero he aquí que de pronto nos sorprende con una novela original: Moira Sullivan. Sabemos que en la historia del arte de narrar hay narraciones que no se dejan clasificar en géneros. Sin embargo hay géneros, y los críticos distinguen entre un cuento y una novela. El primer distingo es que el cuento es breve y la novela es larga. Otro distingo, más discutible, es que en el cuento lo que importa es la trama de una acción y en la novela lo que importa es el carácter de los agentes de esa acción. Pues bien: Delaney ha lanzado una novela que salta sobre esas definiciones, aún sobre la tradición de las grandes novelas del siglo XIX, y va a parar en medio de la experimentación en las novelas del siglo XX. Muestra nuevas estructuras del arte de narrar. Múltiples puntos de vista, múltiples voces, múltiples personajes, múltiples escenas, múltiples tiempos, múltiples espacios, múltiples formas (incluyendo formas ajenas a la literatura como la de guiones cinematográficos y pentagramas de canciones, más notas del editor al pie de página). Esta múltiplicidad produce una primera impresión de estar ante un álbum de documentos sueltos. El editor, en la contratapa, ordena el desorden y aclara las cosas con un resumen de la novela: «Moira Sullivan cuenta la historia de una ex guionista del cine mudo norteamericano que, silenciada por la aparición del sonoro en 1927 y casada luego con un ejecutivo destinado a Sudamérica, termina sus días en un hogar de ancianos situado en la provincia de Buenos Aires. Aislada lingüística y existencialmente, unos pocos minutos le alcanzan para recordar su vida, tratando de entender su sentido. Una similar actitud comprensiva adopta respecto del país en el que está por morir. Hombres y mujeres que forjaron obras de arte o que de algún otro modo contribuyeron a la edificación de un pasado casi mítico, animan también esta primera novela de Juan José Delaney.

El lector, aunque agradece esta ayuda, siente placer de comprender por su propia cuenta el proceso de la construcción de esta novela. Por ejemplo, que el tiempo de la evocación de los recuerdos personales de Moira es de cinco minutos. Comienza mirando el reloj: son las 21:15 (p. 10). Termina volviendo a mirar el reloj: son las 21:20 (p. 152). En esos cinco minutos recuerda una larga historia. Moira nació en 1904 y murió en 1982. Naturalmente, empieza con sus recuerdos de niña. Lo que la hace recordar es la noticia de la muerte de una actriz norteamericana de cine mudo, noticia que apareció en un diario de Buenos Aires. Ese período desde la infancia de Moira hasta su muerte no sólo está evocado por la misma Moira, sino también por otras personas que contribuyen a trazar la vida de Moira, en retrospecciones y premoniciones. El resultado es una iluminación de varios focos que vienen de diferentes posiciones en la vida. Se mencionan nombres conocidos en el arte cinematográfico (Buster Keaton, por ejemplo) y de la cultura general, y aparecen cuadros de la vida de los irlandeses en la Argentina (¡un encuentro con Don Segundo Sombra en Carmen de Areco!).

Interesa todo, pero lo que conmueve es la existencia de Moira, que termina con un monólogo directo, exclamativo y balbuceante (porque la prosa de Delaney no se niega a imitar, en forma realista, jergas, frases extranjeras, modos auténticos de hablar). 

Enrique Anderson Imbert
En Gramma, Revista de la Facultad de Filosofía, Historia y Letras de la Universidad del Salvador, Buenos Aires, Argentina. Número 34, Agosto de 2001, págs. 40-41.


En un geriátrico de Buenos Aires, distanciado por la soledad y el silencio, una mujer aguarda su muerte. Su nombre es Moira Sullivan, pero eso no deja de ser un detalle para los circunstanciales compañeros que la rodean. Nada saben de aquella nortemericana descendiente de irlandeses que en su juventud se dedicó a la escritura de guiones para películas mudas; arte que habría de interrumpirse en 1927, con la llegada del sonido al cine. (...)

La tesis que el autor nos plantea en su texto puede rastrearse en el Cratilo de Platón: las palabras cobran sentido cada vez que se aproximan a la esencia de las cosas.(...)

El texto se destaca por su técnica polifónica: argumentos cinematográficos, cartas de Konrad, improntas oníricas, reflexiones... Hay una tenue voz narradora que engarza los fragmentos y les confiere una serena unidad.

Cristian Esteban Mitelman
Revista Proa, Buenos Aires, Julio-Agosto de 2000, págs.107-109


Leer Marco Denevi y la sacra ceremonia...«La Sacra Ceremonia de la escritura. (Una resignificación de Marco Denevi en el campo cultural)»

A propósito de la biografía de Marco Denevi

Por Eduardo Balestena

Diario La Capital, Cultura, Mar del Plata 6 de julio de 2008, págs. 1-2.


“Es la máscara para una representación; el juego de las partes; lo que desearíamos o deberíamos ser; lo que parece a los demás que somos, mientras que lo que somos no lo sabemos, hasta cierto punto de vista, ni nosotros mismos” (Luigi Pirandello, El difunto Matías Pascal)

El escritor y profesor en letras Juan José Delaney (Buenos Aires, 1954) es el autor de Marco Denevi, y la Sacra Ceremonia de la escritura.  Una biografía literaria (Corregidor, 2005) la primera obra del género sobre el gran escritor (1920-1998).
Varias cuestiones suscita este detallado trabajo en el cual la producción de Marco Denevi es abordada a partir de la génesis de sus creaciones, además de sus fuentes, y desde este punto de vista, resultan filiadas, operación previa a la de repensarlas como producción en un campo intelectual en el que suelen estar ausentes.


El velo de la ignorancia

Juan José Delaney (que lleva publicadas, en el país y en el exterior, numerosas obras, en español y en inglés, entre ellas, artículos sobre la diáspora irlandesa, ha sido colaborador, a su vez, de distintos medios, como el diario The Buenos Aires Herald, y fue becado por la fundación Antorchas para el International Writing Program de la Universidad de Iowa) abordó su proyecto con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes, y la colaboración de muchas personas, entre ellas, inicialmente, el autor, quien luego se negó a volver sobre su vida anterior a 1955.


La obra deneviana, tan rica y desigual, suscita determinadas lecturas, en ocasiones esquemáticas, sin muchas posibilidades de generar una reflexión sobre ese universo, ni sobre el trabajo propiamente estilístico, tan apropiado, por otra parte, para el examen crítico. En otros –como en los agudos trabajos de la Dra. Sandra Jara- motiva la producción de lecturas analíticas que la redefinen. Sin embargo, no parecieran merecer la atención, en general, de la crítica, ni del público.

¿Es una omisión de la cultura? ¿Es pérdida de vigencia? ¿Forma parte del relegamiento de lo verdaderamente literario por parte de la industria cultural? ¿Ayudaría el contacto con la filiación de esta obra o el conocimiento de su autor? ¿Existen prejuicios sobre el autor que releguen a la obra? ¿O por el contrario, ésta es autónoma y la biografía, una referencia?
(…)
A diferencia de la de Oscar Hermes Villordo sobre Manuel Mujica Láinez, la mirada de Juan José Delaney sobre Marco Denevi no es indulgente, idealizada, ni esquemática; sin embargo redescubre al autor como ninguna otra. Ha prescindido de toda frivolidad para descorrer ese velo de la ignorancia, y aportar una arqueología luego de la cual, ni el autor, ni su obra, serán lo mismo.

 
La máscara para una representación

La propuesta de Rosaura a las diez, es al mismo tiempo un símbolo de este universo que se hace más comprensible visto desde la filiación pirandelliana de su primera novela. La idea de una realidad aparente abarca al autor y lo caracteriza. En él, no siempre sabemos qué es verdadero y qué no lo es.

Este proceso tiene que ver con muchas cosas, de las cuales el biógrafo da cuenta, en una implacable exhumación de textos. Finalmente, como lo propone el título del libro de conversaciones con Juan Carlos Pellanda (Conversaciones con Marco Denevi, ese desconocido, Corregidor, 1995) terminamos por asumir que aquello que pensábamos una imagen completa del escritor, era sólo una parte, y que sus operaciones escriturales fueron mas vastas y extrañas de lo que podíamos imaginar.

El trabajo está concebido en capítulos que abarcan épocas (1920-1954; 1955-1967; 1968-1979; 1980-1982; 1983-1998) además de la lista de las obras del autor, textos sobre él y sus trabajos, libros y artículos de consulta general, y una referencia de todas las obras, teatrales y cinematográficas, llevadas a cabo a partir de sus textos. Esta simple disposición temporal sirve para pautar su producción y situarla, pero hace algo más: se estructura a partir de los acontecimientos significativos de una vida que fue generando literatura, y que a la vez fue moldeada por ella, y a la expectativa por cosas que la consagración como escritor pareció poder dar, y que, por cuestiones sociales, y en gran medida personales, no dio.


El arte por el arte

Por un lado Denevi significó la literatura por la literatura misma. Escribir es ya una finalidad a la que todo –historias, construcción y lenguaje- debe servir. También Brahms se propuso la pureza de un ideal sonoro. Es este ideal, y su materialización, lo que despierta sensaciones, y no su subjetividad.

Cabe preguntarse, entrando en el terreno de lo meramente especulativo, si una escritura puede ser tan neutral, si el acto de la belleza por la belleza misma no se transforma, finalmente, en un acto de aislamiento.

Si pensamos que lo es, al cabo del tiempo, probablemente nos encontraremos de nuevo con obras como Ceremonia Secreta, que seguirán siendo una cumbre de la literatura en idioma español cuando todas las cosas que pensamos comprometidas hoy, hayan perdido vigencia, y que seguirá, al más puro estilo de John Rawls, hablando a las generaciones futuras.

Pero el propósito del arte puro no puede justificarlo todo, no convierte a un autor en un ente por encima de los demás, ni lo absuelve del dolor de vivir.


Ser o no ser

La sustitución de identidades, o las falsas identidades, ha sido algo central en la tópica deneviana. Juan José Delaney, al citar las fuentes de Rosaura a las diez, hace referencia a Luigi Pirandello, La dama de blanco, y La piedra lunar, ambas novelas de William Willkie Collins.

Si asumiéramos esta centralidad como un modo absoluto de descifrar a Denevi (quien “mentía como loco”) y decir que esta resonancia de su obra en su vida explica su vida, o que la de su vida en su obra, explica a su obra, nos encontraríamos con otra vuelta de tuerca.
Esa continuidad hace densa a su literatura, pero no la agota. Es imposible pensarla sin el juego pirandelliano, pero es insuficiente pensarla sólo a partir de él. La significación de Denevi como escritor permite hacer todos los reparos por parte de quienes lo conocimos (y conservamos algún recuerdo inevitablemente amargo), y seguir fieles a una escritura que fue mucho más allá de él. El problema es contar con herramientas críticas que puedan dar cuenta de esto y redefinirlo, pensarlo en un contexto, en una función, y en una serie de anhelos insatisfechos (“él hubiera querido tener éxito como dramaturgo” me señalaba Juan Carlos Pellanda, amigo y compañero suyo en la Caja de Ahorro).
En otras obras (como «Redención de la mujer caníbal» relato de un gran valor simbólico y descriptivo) hay un desplazamiento del eje de la identidad a una especie de viaje que lleva al personaje a lo desconocido, desde algo que era conocido pero ajeno. Aquí, como en «Carta a Gianfranco» (donde en realidad es muy poco lo que sucede), el centro es el propio lenguaje. Denevi es el lenguaje en sus mejores obras y cuando ese lenguaje intenta divorciarse de su cualidad de ser una estética y un fin en sí mismo, y es desplazado de su centralidad, el autor canibaliza a sus propios textos, o instala una operación discursiva que intenta justificar la función secundaria que ese lenguaje pasa a tener.

 (…)

 
Las manos que se dibujan a sí mismas

(…)
Como esa imagen de dos manos, de Escher, cada una de las cuales dibuja a la otra, la escritura parece engendrarse a sí misma. Cabe entonces la pregunta de si el autor gira sobre los mismos temas porque no puede encontrar la misma originalidad y densidad en otros, o si, como en el caso de Beethoven con la célula rítmica que construye su quinta sinfonía, que encontramos en el cuarteto nro. 10 y en la sonata Appasionata, simplemente trabaja una obsesión, y al hacerlo le aporta elementos biográficos.
(…)
Los testimonios del propio autor sobre su obra, no pasan de una referencia generalista a las circunstancias de su gestación. No hay elementos hondos y reflexivos –salvo en el cuento «Misterios de la creación literaria»- que permitan ir más allá de ciertos lugares comunes culturales.

En este sentido, la obra de Juan José Delaney permite que seamos nosotros quienes, con amor y detenimiento, podamos celebrar nuestra propia ceremonia, la de entender una obra que en sus expresiones más logradas (Ceremonia Secreta, Asesinos de los días de Fiesta, Un pequeño café, «Redención de la Mujer Caníbal», «Variación del perro»…) nos permite la experiencia de un lenguaje por su valor en sí misma, y las de la soledad, la entrega, el refugio de ciertos lugares y la añoranza de una plenitud imposible


   POSTALES DE LA VIEJA IRLANDA

Memoria de Theophilus Flynn, de Juan José Delaney, narra una historia de inmigración, nostalgia y lenguaje.

 Por PABLO ALI

Revista Ñ, Buenos Aires, 25 de Mayo de 2013, p. 41.

 Dividida en tres momentos y en tres voces diferenciables, Memoria de Theophilus Flynn relata la vida de un hombre nacido a mediados del siglo pasado en la ciudad irlandesa de Waterford. Theophilus es adoptado a los seis años por dos mujeres solitarias que lo educan en un estricto catolicismo, mientras le enseñan el trabajo rural y le transmiten la pasión por la literatura, la música y las costumbres. Todo esto se condensa en el idioma inglés, pero también en el viejo dialecto gaélico, que el niño apenas escucha pero internaliza de un modo inconsciente. Así, entre juegos infantiles, amistades, primeros desencantos amorosos, pecados y confesiones, se va creando en él ese misterioso entramado que es la memoria.

La primera parte se presenta articulada ‒a veces de un modo excesivo– por un narrador omnisciente que permite crear en el lector imágenes nítidas y un panorama profuso de la tradición irlandesa, plagado de nombres propios, descripción de lugares, comidas y bebidas. En este libro, la Vieja Irlanda aún está viva. Resulta un acierto que este narrador, dedicado a los años de formación del personaje, luego dé paso a otras voces menos estrictas –en segunda y en primera persona– que cuentan las peripecias de Theophilus en la Argentina, y nos dan de él una visión más cercana.

Es interesante aquí una serie de movimientos narrativos: mientras que por un lado, desde el punto de vista interno, Theophilus busca a sus verdaderos padres, por otro anhela recuperar esa infancia perdida, esa lengua primigenia. El relato también parece precisar de otra lengua para contar la misma historia: no sólo la de este hombre que viaja a la Argentina para reunirse con sus compatriotas que aún conservan lo que en Irlanda ya no existe a causa de las políticas neoliberales de los noventa, sino también la de millones de inmigrantes que poblaron nuestro país. Con momentos de humor, producto de malos entendidos o de simpáticas complicidades, esta segunda voz introduce términos en lunfardo y muestra un reconocible panorama porteño, donde el tango funciona como código universal del romanticismo y la melancolía.

El punto más alto es el breve tercer capítulo: una carta escrita por el propio Theophilus, dirigida a un amigo español que vive en Irlanda, con la que quiere ponerlo al tanto de las novedades y mostrarle sus avances en el aprendizaje de la “lengua del Quixote”. En este pasaje, en el que abundan el humor y los guiños lingüísticos, también puede leerse una liberación del personaje, que se ha convertido en un verdadero “Irish-Porteño”. En la recuperación de su tradición, ha sumado otra nueva, que conforma una tercera tradición, heterogénea y rica en matices. Este movimiento plasmado con tanta elocuencia quizá sea uno de los mayores méritos de este libro porque da cuenta, por intermedio de la literatura, de un fenómeno histórico, humano y social que nos interpela a todos.

 


 

Todos añoramos el pasado

Delaney, J. J. (2012). Memoria de Theophilus Flynn, Buenos Aires: Corregidor. ISBN: 978-950-05202-6-3

 

Por Alejandro Tloupakis

Revista Gramma, XXIV, 51, (2013)

 

En Memoria de Theophilus Flynn, Juan José Delaney presenta a un entrañable personaje que, desde una granja irlandesa, busca su futuro… en el pasado. Ese impulso paradójico lo conduce a la Argentina, donde hallará su edén personal. Como en los cuentos de Tréboles del sur ((1994) y en la novela Moira Sullivan (1999), Delaney escribe sobre los irlandeses en la Argentina para hablar sobre todos los hombres.

Adoptado a los seis años por dos hermanas solteronas, el protagonista de esta nouvelle vive una infancia tan feliz como alguien puede ser en esta tierra, y sentado al volante de un Hillman abandonado en un galpón, se entrega a gratas ensoñaciones. El relato acompañará a Theophilus en esas fantasías, y también en sus búsquedas y descubrimientos. En ese proceso, el autor logra articular de un modo natural y orgánico lo individual con lo social, lo personal con lo histórico, y así le otorga a la vida del personaje resonancias universales.

La vejez y la muerte de las hermanas que lo adoptaron coinciden con la percepción del protagonista de que el llamado «despertar del Tigre Celta» –período de auge económico que vivió Irlanda entre 1995 y 2007‒ provocó la muerte de «the Old Ireland», con sus tradiciones: la acendrada religiosidad, la austeridad como estilo de vida, la antigua lengua de la isla –el gaélico‒, y hasta las comidas ‒como los dumplings, bolas de harina, sal y leche–. Pero dos menciones aparentemente azarosas de la Argentina llevan a Theophilus a interesarse por este país remoto al que emigraron tantos de sus compatriotas. Así, descubre que en realidad nada es azaroso, ya que, como en un arca de Noé, nuestras tierras conservan mucho de todo aquello que él añora. Porque, como dice un personaje de la novela, «todos añoramos el pasado» (Delaney, 2012, p. 52).

Esa paradoja temporal y especial constituye el eje del relato: cruzar todo un océano para encontrar lo propio, buscar en el mañana del emigrado el pasado más querido.

Julia, una de las hermanas que adoptaron a Theophilus, tiene una curiosa afición: recortaba las figuras humanas de las fotos familiares y armaba con ellas nuevas escenas con personajes que no habían coincidido en el tiempo. Delaney nos ofrece así una bella metáfora de la memoria ese escenario al que solemos convocar a actores extemporáneos.

El «montaje» que practica Julia se relaciona con el cine, que da lugar a otro logrado episodio del libro, en el que Theophilus, de chico, consigue trabajar como extra en Moby  Dick, el clásico de John Huston. Sus dos fugaces apariciones conducen a una reflexión existencial: «Es verdad que […] para atraparlas es imprescindible no parpadear, pero también es verdad que el hombrecito está ahí como todos nosotros en nuestro igualmente fugaz paso por este valle en más de un sentido ficcional» (Delaney, 2012, p. 19.) Semejantes connotaciones filosóficas adquieren dos episodios en los que aparece el teatro: en uno de ellos, una representación de Julio César en un manicomio genera una situación desopilante.

Porque el humor –«angélico», como el de Marechal‒ es una nota presente en muchos acordes de este libro. Cuando las solteronas descubren a Clancy, su querido perro, apareándose con una Collie, deciden castrarlo, y «de ahí en más […], llevó una vida pura, funcional al ambiente victoriano en el que había fijado residencia» (Delaney, 2012, p. 10). Risa genera también la supuesta etimología del «chimichurri», que habría sido inventada por un irlandés llamado Jimmy Curry, nombre que, deformado por los criollos, pasó a designar la conocida salsa. El tercer y último capítulo celebra cómicamente los deslices idiomáticos de un Theophilus ya usuario del español, en una carta donde le cuenta a un amigo que en la Argentina no sólo encontró a la vieja Irlanda: también encontró el amor.

Referencias históricas eficazmente articuladas en la trama ‒como el magnicidio de Kennedy, otro hijo de Irlanda, o la tragedia de las desapariciones en la Dictadura Militar– se mezclan con guiños literarios que el lector atento disfrutará ‒Eliot, Joyce, Borges…‒, en una prosa clara y elegante, cortés con el lector.

Un comentario aparte merecen los personajes que pueblan el relato, por los dos rasgos que se combinan en ellos. Por un lado, sorprenden con comportamientos insólitos: Theophilus, por ejemplo, disfruta recorriendo cementerios. Por otro lado, son nobles y bienintencionados. Practican el arte del respeto al prójimo, la sinceridad, el decoro.

El efecto de lectura, tan infrecuente en la ficción actual, es el de acceder a una visión profundamente optimista del género humano.   


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