Juan José Delaney

Escritor argentino contemporáneo

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(Fragmento)

 Lo importante era el silencio. Todas las noches lo buscaba, especialmente los domingos cuando las otras recibían visitas y ella más sentía el acoso de la soledad. En rigor, a nadie tenía pese a haber estado en la vida de muchos y a que, por esa acción secreta y persistente del arte, continuaba gravitando sobre gentes extrañas y lejanas. El silencio de ese anochecer dominical le permitiría entregarse serenamente al ensueño en el que resucitarían vivencias y pensamientos provenientes de zonas postergadas por su memoria, y también secretas conexiones que su visión de la vida, del mundo y de los hombres concertaba con cierta independencia. Luego de la cena monacal, se permitió abrir los ojos que había cerrado al sentarse en la mecedora. Un poco difusamente entrevió lo que la enfermiza luz del velador le permitió: las paredes invadidas por mapas de humedad, algunos cuadros, la cama, la mesa que también le servía de escritorio, ciertos libros muy viejos, algunos diarios y revistas, el roperito, el arcón que la venía acompañando por años. Esos instantes previos al descanso, durante los cuales se juzgaba libre, constituían el bálsamo que le permitía escalar una semana más sin sucumbir. Acaso porque los momentos más significativos de su existencia habían estado marcados por él, lo que sin duda más valoraba de la ceremonia previa al sueño era el silencio. Las palabras nunca le habían resultado suficientes y ahora aparecían como absolutamente inútiles ya que su lengua, extraña para quienes la rodeaban, nada podía transmitir. Miró sus manos, viejas, pecosas manos. Tuvo así una idea aproximada  de cuánto desgaste había sufrido desde aquel día en que empezó la función. ¿Era ella la misma de casi ochenta años atrás? ¿Se podía considerar responsable, culpable de su obra? Su obra. Sonrió. Repitió la palabra. ¿Cuál había sido su obra? ¿La nacida en 1911 y silenciada en 1927 o la que empezó el día de su matrimonio para prolongarse hasta el presente como en un sinuoso y absurdo largometraje? Llovía. Eso facilitaba la concentración. Sobre la cama descansaban ejemplares atrasados del Buenos Aires Herald, uno de los cuales había hojeado con desgano. Esos diarios viejos se los conseguía el Director del asilo con el propósito de atenuar su aislamiento, el voluntario y el otro. Miró el reloj: las 21:15. No, no continuaría con el Herald. Acompañada de la pálida luz del velador y de la estufa a kerosene, pensó que lo mejor era pensar. Cierta noticia vinculada con el deceso de una vieja colega en el país que ella había abandonado, leída hacía apenas unos instantes, aún la conmovía y fuerzas incontrolables la empujaban a recorrer su propia vida; recorrerla e indagarla sobre todo en los aspectos que todavía le resultaban literalmente asombrosos: el hecho de que a partir de 1927 (año en que irrumpió el cine sonoro) ella, guionista y alguna vez actriz del cine mudo optara por el silencio y el que, habiéndose casado más tarde con un ejecutivo de cierta importante empresa de comunicaciones, diera inicio al período de larga incomunicación que aún no concluía. En esas aparentes paradojas estaban las claves de su existencia, existencia sobre la cual, a propósito de la muerta de Meta Morrison, de la que precisamente acababa de enterarse, deseaba meditar. Sí, ahora. A los setenta y ocho años de edad, desde ese puesto minúsculo, el cuarto de un ignoto asilo situado en un lejano país sudamericano en el que habría de morir tan sola como había venido al mundo y, además, lingüísticamente marginada. Sus ojos recorrieron las mordidas paredes hasta dar con la fotografía color sepia que la mostraba a los seis o siete años de edad. Desde el fondo del retrato la niña observaba. Comprendió que, pese al tiempo, aún se reconocía en los grandes ojos plenos de extrañeza, de indescriptible extrañeza.

©1999 by Ediciones Corregidor


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