Juan José Delaney

Escritor argentino contemporáneo

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Papeles del desierto


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 Papeles del desierto    Tréboles del Sur (Edición definitiva)
    Moira Sullivan     Marco Denevi
 Memoria de Theophilus Flynn 


 

EL ASCENSOR

Hábiles intérpretes de sí mismas, las cuatro personas alojadas en el Hotel Internacional que aquella noche esperaban subir a sus respectivas habitaciones se introdujeron con lenta casualidad en el ascensor. Ocasionalmente embocado en su cigarrillo, el primer hombre que se adelantó, tras tocar apenas el botón número diez continuó leyendo el Times; le siguieron dos jóvenes: un tal Murat y una morena, quienes se dirigían al octavo y quinto piso respectivamente; el último en pasar se mostró torpe ya que al hacerlo tropezó contra el señor que leía aunque no tardó en disculparse con una sonrisa que no fue correspondida; era alto, rubio, robusto… en seguida se supo que el decimosegundo piso lo esperaba. Se clausuraron las puertas y de igual manera alguien cerró su diario, observó su reloj y empezó a meditar. Con rapidez se inició el invisible ascenso y simultáneamente los pasajeros coincidieron en perseguir la luz roja que, en el indicador, huía de un número a otro. Primer piso. Uno de los pasajeros carraspeó. Segundo piso. Dos miradas sajonas se cruzaron. Tercer piso… Cuarto... Imprevistamente la luz roja no señaló el quinto, pese a lo cual los cuatro permanecieron observando el tablero: nada ocurría. Poco a poco, reprimiendo la incipiente ansiedad, los pasajeros terminaron admitiendo que estaban inmovilizados presumiblemente a causa de un desperfecto. El caballero del diario se llevó la mano al cuello como para arreglarse la corbata mientras el germano abría la boca como paladeando algo que iba a decir; el francés y la muchacha disimulaban su intranquilidad. Pronto los ojos se buscaron, definiéndose miradas sedientas de afán atávico, pero en realidad lo que ocurre es que bajo la aparente indiferencia de un cielo perfectamente rojo un hombre se arrastra por el desierto. Sudor, lágrimas y desesperación ensucian su cara. Como otras veces, logra incorporarse pero cae y en esa situación pasea las manos por los cabellos rubios y piensa, piensa en un oasis imaginario en el que bebe. Después levanta la vista y sus ojos concluyen en un arroyo. Se esfuerza por llegar a él y ahí mismo cae en medio de la ilusión. El color violáceo del cielo y el desierto permanecen. Sólo fluctúan las ideas del individuo que despierta. El tiempo parece no existir. Cuando sus párpados se abren, cree advertir la figura de alguien que se acerca. Vuelve a él la memoria del arroyo imaginario y, manotón mediante, desprecia la visión. Constata, así que sus dedos dan contra una superficie contundente y que agua fresca y real cae sobre él. Cuando la mujer vuelve a su morada en busca de más agua, trata de calcular el tiempo transcurrido sin haber visto a un ser humano pero le resulta imposible hacerlo. Sola en el desierto, hasta el recuerdo de sus padres la había abandonado. Por eso hablaba sola. Al llegar a la vivienda el hombre resuelve que esa construcción situada en medio del desierto es absurda. Ya adentro, adivinando su cansancio, la muchacha lo lleva a la habitación que había pertenecido a los padres y al retirarse cierra la puerta que el forastero vuelve a abrir. Ella, como todas las noches, toma un libro y se deja vencer por la lectura. Pronto, y aunque inmersa en ese rito nocturno, unos gritos la distraen. Sólo de un lugar pueden provenir y al acercarse adonde él descansa, lo encuentra haciendo notorios esfuerzos por sobreponerse de un aparente ahogo. Al ser despertado, pronuncia palabras que no tarda en sofrenar porque ella nunca podrá comprenderlas... Él hubiera querido comunicarle su pesadilla… tres personas… él… atrapados… Otra noche advierte ella que el forastero examina sus libros. Al tiempo, tenues golpes resuenan en la puerta. Al abrir, dos cuerpos se desploman a sus pies: una cabellera canosa y otra castaña los encabezan. Son atendidos aunque nada se puede saber de ellos porque lenguas disímiles los aíslan, pese a lo cual sucesivos días modelan una forma de convivencia.  Aunque campea el silencio, de tanto en tanto alguna sonrisa y, con harta frecuencia, las miradas, buscan el encuentro. Ocurre cierta vez que al salir dos de los hombres a explorar el territorio, uno de ellos cae en un pozo; el otro nada hace para rescatarlo, limitándose a volver a la casa donde con señas formaliza una ficción. Esa tarde reaparece el accidentado quien se limita a clavar su mirada en la del que lo abandonó. La joven registra el instante en que esos ojos se encuentran y le parece que eso ya ha ocurrido, que el momento que está viviendo ya lo ha experimentado en otro tiempo, en algún otro lugar… Es de noche. Cansada de alumbrar, muere una vela. Alguien que ha esperado con impaciencia abandona la cama y busca un cuchillo. En el instante en que lo toma, un grito perfora la artificial serenidad: es la joven que escapa del muchacho que ha intentado poseerla. En la confusión el acosador sale al desierto, también a los gritos, y al mirar el cielo (que ahora es rojo) reconoce en el espacio un planeta: “Le monde!” –vocifera– “le monde!”. Vuelve a la casa y encuentra allí a sus compañeros peleando mientras la mujer se cubre y busca apaciguarse porque son apenas unos instantes los que interrumpieron la ruta vertical del aparato. Y entonces las miradas se desvirtúan súbitas, y surgen dos sonrisas jóvenes, alguien que retira la mano de su corbata y una figura descomunal atenuando cierta maldición esbozada en sonora lengua alemana.


 

FILM

La primera película había sido un fracaso. En su momento la crítica señaló el perezoso movimiento de cámaras, el abuso de diálogos carentes de funcionalidad y la música extraña respecto del contexto de la cinta. El crítico del diario El Mundo, por su parte, se había atrevido a objetar la belleza de la heroína, y peor fue el descubrimiento de un locutor radial quien difundió que en una de las secuencias supuestamente más dramáticas bastaba con poner un poco de atención para encontrar, en un segundo plano, a tres “extras” que sonreían como satisfechos de su papel.

Todo aquello había ocurrido cuatro años atrás y ahora Jorge Federico Espinosa, tras admitir y deplorar su inexperiencia juvenil, emprendía con renovado entusiasmo un proyecto que debería rehabilitarlo como realizador cinematográfico. Víctima del mismo fervor histórico que había llevado a directores como Leopoldo Torre Nilsson a resucitar al Santo de la Espada y a Güemes, Espinosa se proponía animar la figura del General Julio Argentino Roca en su campaña contra los indios. Sin excesiva originalidad, el guión –obra del director y de un tal Atilio Posadas–  terminó titulándose La conquista del desierto.

Lo que más tiempo insumió fue encontrar al actor que debía encarnar el papel principal. Cinematográfica Omega finalmente dio con un individuo cuyo parecido con las fotografías del General era notoria; el candidato explicó esa similitud con el hecho de que, casualmente –o no tanto–, era él un descendiente más o menos lejano de los Roca. No fue difícil para la productora seleccionar al resto de las figuras: Avellaneda, Alsina, Conrado Villegas... Mientras se reconstruían los escenarios de la segunda mitad del siglo XIX, empezaron los ensayos. La seriedad y arrogancia de Roca, su actitud visionaria y la interpretación de los otros personajes justificaron el optimismo de Espinosa quien descontaba su reivindicación de cineasta.

Atento por cubrir varios frentes e invalidar, por ejemplo, ataques futuros por parte de quienes ven en la gesta un genocidio, no se privó Espinosa de dar cuenta de los frustrados intentos por civilizar a los indígenas.

El primer tramo del film se ocupaba de aquellos años en que Adolfo Alsina estaba a cargo del Ministerio de Guerra, es decir: hasta 1877. A él se debió la construcción de numerosos fortines y las inútiles zanjas tendientes a frenar el avance de los salvajes. Para mostrar lo estéril del intento, las cámaras registraron escenas en las que los indios colmaban las cavidades con ovejas para pasar con sus caballos sobre ellas. Buscaba Espinosa acentuar la debilidad del plan concebido por Alsina para magnificar la figura de Roca y su empresa.

Al dejar Alsina el Ministerio, fue precisamente Roca quien tomó la cartera. Poco después el Congreso examinó la propuesta del nuevo hombre de guerra: “(…) ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo, o expulsarlo, oponiéndole en seguida, no una zanja abierta en la tierra por la mano del hombre, sino la grande e insuperable barrera del río Negro, profundo y navegable en toda su extensión, desde el océano hasta los Andes.” Tal como en la Historia (como en los libros de historia), el proyecto fue aprobado en 1878. Con esta evocación concluía la primera parte de la película. 

El inquieto realizador concentró su talento todo en la preparación de la secuencia central, la más ambiciosa, y para lo cual tuvo que lidiar con más de doscientos extras que –trucos mediante– parecían muchísimos más: eran los que darían vida a uno de los enfrentamientos entre la civilización y la barbarie.

La campaña duró desde julio de 1878 a enero de 1879. Fue, literalmente, una masacre. Hubo más de veinticinco expediciones de las que planeaban filmar tres. La narración terminaría el 24 de junio, fecha en que Roca llegó a Choele-Choel y organizó exitosamente la línea de frontera del río Negro, a cuyo frente quedó el coronel Conrado Villegas. Lo previsto era que a propósito de este hecho estallaran acordes marciales tendientes a conmover al espectador quien con furibundos aplausos coronaría la realización de Espinosa.

Por la noche los actores acamparon en el desierto donde no muy tarde fueron vencidos por el viento y el frío patagónicos.

Para el día siguiente, al atardecer, estaba prevista la filmación de otra batalla. El director dedicó gran parte de la mañana a explicar los pormenores de la pelea cuyo realismo debía ser contundente. Las tropas atravesarían una serie de lomadas hasta descubrir un monte donde estaría agazapado el enemigo. Allí se libraría la pelea.   

A las cinco todo estaba preparado y el entusiasmo por la proximidad del final del trabajo animaba a los soldados. Cuando Espinosa gritó “¡Acción” iniciaron las máquinas su andar y los caballos el suyo. Acompañado de subalternos, el General encabezaba la tropa. Así, la fluctuante formación avanzó por una geografía que vedaba el desarrollo del paisaje. Respetando instrucciones, las cámaras permanecieron en el sitio en el que habían empezado a filmar. La idea era permitir que la escuadra se alejara para obtener así una sensación de amplitud que el objetivo graduaría. En un Jeep, megáfono en mano, Espinosa era el único que acompañaba a los actores, aunque a prudente distancia.

Lo imprevisto sucedió cuando al llegar a cierta meseta, Roca se encontró, a muy pocos pasos debajo de él, con una cantidad de hombres oscuros cuyo número no supo precisar. Con armas y firmes en sus caballos, lo miraban. Sonrió. También lo hicieron otros soldados ficticios que completaron la escena. El punto señalado para la batalla aún estaba lejos, debía de ser una confusión. “La pelea es al lado del monte”, vociferó el General. Como si esas palabras hubieran constituido un insulto, los hombres (nunca supo quiénes eran) atacaron como accionados por una gigantesca catapulta. Los actores escucharon la nítida puteada que salió del megáfono pronto ahogado por el crudo lenguaje de lanzas, flechas y boleadoras. Ninguna de esas armas alcanzó al desesperado Jeep pero demostraron ser mucho más eficaces que las de utilería de los falsos soldados, y entonces la sangre fue real. En pocos minutos la acción había terminado y en un remolino de potros y gritos los indios se borraron de la escena.

Las distantes cámaras lo habían filmado todo.

Cuando los salvajes apócrifos llegaron al lugar de la matanza, encontraron a Espinosa paseando entre muertos y heridos, perplejo y desesperado.

Todo parecía un sueño pero no lo era ciertamente.

El país se enteró por los diarios: “Reducción indígena confunde ficción con realidad”, “Extraña masacre en el sur”, “Cineasta desconocido origina una tragedia”. Un matutino cordobés intentó asomarse por sobre lo meramente fáctico: “La historia cobra su venganza”, aseguró patético.

Previsiblemente, Espinosa y sus socios abandonaron el proyecto para que la historia no se repitiese. En cuanto a Cinematográfica Omega, la audaz productora no sólo no sufrió perjuicio alguno sino que, por el contrario, acumuló fortuna mediante la comercialización del documental que la barbarie hizo posible.


 

LA ISLA DE BERNARDO SICARDI

Súbitamente se despertó. Al sentarse en la cama sintió que su corazón retumbaba, que la respiración se le aceleraba y que estaba bañado en transpiración. En el sueño alguien lo perseguía. Al principio ignoró quién, aunque luego reconoció que muy probablemente nadie, que corría solo por comarcas desconocidas.

De ninguna manera volvería a acostarse para regresar a aquel tenebroso escenario.

En el baño se enjuagó la cara y al enfrentarse con el espejo comprendió acabadamente que estaba solo. ¡Tantos años lo había estado! ¿Por qué, entonces, esa toma de conciencia tras un sueño de perseguido sin perseguidor aparente, y delante de un espejo?

Pensó que lo mejor sería retomar la novela que había abandonado antes de meterse en cama, por lo que se desplazó hacia el living donde, tras encender la lámpara, se tiró en el sillón. Distraídamente miró la biblioteca, los constantes cuadros, los muebles; aparentemente nada le faltaba. Se disponía a distraerse con la lectura del pesado volumen cuando vio sobre la alfombra el semanario que había arrojado un par de noches atrás. Lo hojeó y se detuvo en la sección “Correo de lectores”. Allí se entretuvo leyendo cartas más bien torpes que, sin embargo, llamaron su atención: “Jóvenes filatelistas buscan intercambiar…”, “Estudiante canadiense de 19 años con buen dominio del español desea relacionarse con jóvenes de su edad. Escribir a…”, “Caballero mayor, viudo y respetuoso, busca reencontrar el amor con dama de intereses afines. Estricta reserva…”. Sonrió. Poco a poco fue entendiendo, sin embargo, que no había de qué reírse; se le ocurrió también que tal vez sin proponérselo podía estar acercándose a lo que llaman felicidad.

Empujado por una fuerza hasta entonces desconocida por él, recurrió a la guía telefónica donde eligió, al azar, cinco nombres femeninos que transcribió junto con las respectivas direcciones postales. En seguida se dedicó a maquinar un texto. Escribió palabras como “distancia”, “amor”, “tiempo”, “comunicación”… No se olvidó de mencionar, de paso, sus bienes y su condición de hombre franco, generoso, plural. En función de los nombres y direcciones apuntados, repitió cinco veces el mismo escrito. Porque el cansancio lo venció, completó el último a la mañana siguiente, y dispuso, entonces, los sobres correspondientes. Se empeñó en ser muy claro con los datos del remitente: Bernardo Sicardi, Paraguay 511, Buenos Aires. Al terminar se jactó ante sí mismo de la fina calidad del papel y de la perfecta caligrafía azul.

Mientras volvía del correo reflexionó acerca de la importancia de un encuentro, aunque también sobre el riesgo que implicaría sumar otra existencia a su ya intrincada vida. Pero feliz de sí mismo, de su ocurrencia epistolar y porque, además, daba por seguro que le responderían, cambió de actitud para preguntarse quién sería la afortunada hija de Eva. Al final resolvió no pensar ni imaginar nada más: tenía que tranquilizarse. Los acontecimientos hablarían por sí mismos.

Para bien o para mal fueron transcurriendo tres, cinco, ocho y hasta casi quince días sin que Sicardi experimentara la emoción que puede desatar una respuesta. Optó por volver a su melancolía habitual. En ese estado se encontraba cierta postergada mañana en que vio, por detrás del esmerilado vidrio de la puerta cancel, la figura del cartero deslizando un sobre. Corrió hacia la entrada. Grande fue su ansiedad al tomar la carta aunque más lo fue en el momento preciso en que reconoció la fina calidad del papel, la perfecta caligrafía azul.


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