Juan José Delaney

Escritor argentino contemporáneo

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LA REINA
(1897)

 O God, I could be bounded in a nut-shell, 
and count myself a king of infinite space (…)
 

W. Shakespeare: Hamlet (II, ii)

 

Anochece. Se oyen balidos últimos no muy lejos de la laguna de San Miguel del Monte. Delante del rancho, el frondoso jardín acusa dedicación. Por la ventana nomás, es posible ver todo. El fuego ahuyenta al frío y dos lámparas a querosén se encargan de la iluminación. Hay una mujer cuyos niños concluyen la ceremonia del té-cena. Como tantas otras veces, ella los entretiene antes de enviarlos a descansar porque al otro día, temprano, llegará el preceptor que no admite demoras.

Pronto vendrá el padre. Es una vida sacrificada pero una fuerza poderosa los empuja y es la fe lo que los sostiene.

 Esta vez un significativo entretenimiento ideado por los niños –cinco varones, dos mujeres–, dilata la sobremesa. Con cartón y fragmentos de cuero ovino han fabricado una corona y, seducidos por fantásticas historias celtas, se disponen a coronar histriónicamente a la paciente madre. El bullicio no impide que los ojos de la mujer se pierdan. ¿Qué será de ellos? ¿Qué les deparará el futuro? Piensa también en él y en su ardua y silenciosa labor. Pero más allá de toda contingencia la soberana es feliz porque intuye que un sentido hay, y que en ese universo suyo, también menudo, ella es, verdaderamente, la reina.

 


 

EL REGRESO
(1977)

La secretaria se acercó para preguntarle si asistiría al asado de fin de año ofrecido por el gerente general en su chacra de Moreno. La respuesta afirmativa por parte del señor Bernardo Kenny, gerente de márketing, sorprendió a la veterana colaboradora quien, conociéndolo, esperaba la negativa lacónica y habitual. En realidad, el señor Kenny fue quien primero se sorprendió por la abrupta decisión, y tuvo que pensar bastante para concluir en que quizá la había tomado para atenuar la memoria de cierta incómoda situación acaecida al retornar de su primer viaje a Europa. En la ocasión, la señorita Calvo, quien siempre magnificaba la figura de su jefe, le había preguntado por la tierra de sus antepasados, la Irlanda de los castillos y de los imponentes paisajes. Un torpe silencio había sido la respuesta. Ocurría que el señor Kenny había viajado principalmente para conocerla, y el sinuoso seguimiento de su genealogía no lo había llevado al punto ilustre que su interlocutora imaginaba sino a una humilde cabaña. Bernardo Kenny no era orgulloso pero tampoco quería mentir ni defraudar las expectativas de la señorita Calvo. Por otra parte, como todo irlandés sabía que, en esencia, la vida es farsa; precisamente tal conocimiento motivaba no pocas de sus excentricidades. Por todo ello, en fin, había callado.

Desde otro punto de vista, su historia personal era digna de elogio. Hijo de puesteros en un campo en Baradero, no había podido eludir los rigurosos y hasta crueles estudios primarios en el pupilaje para varones de la colonia irlandesa situado en la localidad bonaerense de Moreno. Como sus compañeros, él había sufrido mucho allí en el Fahy, pero la experiencia le habría de servir para atenuar el impacto con la vida, a partir de cuando −todavía con pantalones cortos−, salió a trabajar. Lo que había hecho fue dejar el campo para iniciarse como cadete en cierta compañía americana; de ahí pasó a otras donde hizo “carrera”, lo cual era entonces relativamente fácil gracias a la posesión de la lengua inglesa que lo situaba en mejor posición respecto de quienes no dominaban la lengua de los negocios. Paradójicamente, ahora, a los cincuenta, este hombre enigmático y silencioso cumplía funciones ejecutivas en la ITT World Communications Inc.

 El sábado del encuentro resultó un día perfecto. Bernardo Kenny concurrió con dos de sus siete hijos (los más chicos, los únicos que habían aceptado ir luego de trabajosas negociaciones) y sin la mujer. Un amplio quincho defendía del sol a los treinta invitados del señor gerente general. No muy lejos estaban el chalet, los corrales, el establo y, más allá, como parte de una postal, indiferentes vacas y corderos.

 Dos hombres vestidos de gauchos, o que tal vez lo fueran verdaderamente, animaban la sobremesa con zambas y chacareras. Algunos comensales dialogaban o bromeaban. Bernardo Kenny estaba con uno de sus hijos y la esposa del contador. Su rostro, levemente enrojecido, acusaba el impacto del vino, pese a lo cual no desgranaba las verdades que le era dado revelar cada vez que el dios Baco estaba con él. Las sensatas reflexiones nacidas en tales oportunidades habían iniciado esta vez una procesión interior. Se mantenía en silencio y nadie reparaba en él (el contador, de hecho, se había pasado a otra mesa): es que ya la sorpresa de su participación había cesado. Nadie notó, entonces, que el señor Kenny se miraba las manos. Sus ojos analíticos, en efecto, habían corrido del reloj pulsera a las arrugas de las manos, luchadoras manos gastadas por el tiempo. Evaluó su vida y un poco lo sacudió advertir que quien realiza un inventario lo hace porque está por cerrar un ciclo. Cuidadosamente se levantó de la mesa y fueron muy pocos los que lo advirtieron. Ésos después observaron que el hombre de la camisa blanca y del pantalón oscuro iba en dirección de la casa. Erraron los que supusieron que la meta era el escusado. El señor Bernardo Kenny quería caminar, estar solo como lo había estado la mayor parte de su vida.

 A medida que se alejaba del quincho, mejor se sentía. El paso por los corrales, la directa comunión con la naturaleza, provocaron en él cierta emoción acompañada del recuerdo de su infancia en Baradero. Él, que siempre se había jactado de ser un hombre edificado por sí mismo, en esos momentos hubiera dado todo por volver a la niñez.

 Pronto llegó al establo y al ver dos robustos potros entendió que ése era el sitio hacia el que fuerzas extrañas lo habían empujado. Sólo en un momento lo perturbó la duda; sobrepuesto, atrajo hacia sí al más soberbio de los animales y, al tenerlo afuera, lo montó sin auxiliar alguno, “a pelo” como cuando chico. Su audacia consistió en olvidarse de todo e iniciar una precipitada carrera, ocasionando la alarma y el estupor de los invitados que muy pronto se resumieron en un punto. Rítmicamente galopó por el polvoriento camino. Al pasar por el cementerio se permitió una sonrisa cuyo significado únicamente él hubiera podido explicar. Ya en la ruta, supo hacia dónde iba y no lo amilanó pensar que así, montado, debería cruzar la vertiginosa avenida Rivadavia. Grande fue el asombro de automovilistas y transeúntes que pasaban cerca de él; los sorprendía la conjunción del intrépido animal y la indumentaria ciudadana del jinete, su mirada tenaz.

 El último tramo lo devoró a todo galope, en una experiencia de libertad que, adolescente, no había sabido valorar. Pronto vislumbró los primeros detalles de su meta: el imponente y viejo edificio del colegio Fahy donde, sobre la base del arraigado concepto de que la vida es dolor y expiación y de que hemos venido a sufrir, con sangre le habían infundido lo que después necesitaría para abrirse camino.

 Aunque ignoraba por qué volvía, muy pocas veces la felicidad estuvo tan cerca de él como en el curso de aquella tarde única y plural.

 


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